miércoles, 15 de agosto de 2012

DAÑO IRREPARABLE


Siempre me ha asombrado la facilidad que tienen los que hablan de los famosos para sufrir una metamorfosis emocional según hablen de unos o de otros, o de ellos mismos. Estas auténticas estrellas de la televisión se han hecho de oro asesinando la imagen pública de Isabel Pantoja durante años. Sin embargo, a estos mismos profesionales del chismorreo los hemos visto contar sus miserias, sus tragedias, llorar e incluso quejarse amargamente, con gran indignación, cuando alguien ha osado cuestionar su honorabilidad... aunque apaleen cada día la honorabilidad ajena.

Se rasgan las vestiduras, vociferan, amenazan, se encaran con quien hace como ellos, y hasta son capaces de ¡demandar! El asesino siempre ha deseado la condena para otros asesinos, al mismo tiempo que ha encontrado justificación para su crimen.

No tienen escrúpulos en asesinar con reiteración, pero son capaces de manifestar tiernos sentimientos. Como un asesino, deshumanizan a sus víctimas para poder dormir produciendo tanto daño irreparable. Como en un régimen de terror, en que los asesinos no tienen problemas legales ni de conciencia por asesinar, estos terroristas de la palabra se escudan en frágiles y permisivas leyes -que autorizan el vil y despiadado asesinato civil- para seguir “ganando el mundo aun a costa de perder el alma”, aunque la cita de Mateo XVI 26 dijera:

“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?”

Pero a estos miembros del “Sanedrín de la moral” lo único que les importa es que el “gobernador romano” no se oponga a su veredicto de culpabilidad, que para eso son “la voz del pueblo”, que gritará “¡Crucifícalo!”.
Hasta ahora sólo le han roto el vestido, pero ¿quién repara su alma? Ni los miembros del “Sanedrín” pueden saber con seguridad que es culpable ni yo que es inocente, aunque siempre preferiré equivocarme pensando bien que mal, como siempre me gustaron los sheriff que impedían los linchamientos haciendo retroceder a la turba.

¿Y no saben que la justicia también se equivoca? Como seres humanos que son, los jueces han errado en sus veredictos muchas veces a lo largo de la historia. No son infalibles, ni cuando absuelven ni cuando condenan.

¿El Estado de Derecho termina en un plató de televisión? Parece que sí, porque incluso los asesinos confesos no pierden su derecho a ser bien tratados. Incluso a un condenado no se le puede privar de más derecho que el de la libertad.
Si esto es así ¿por qué las instituciones toleran que se degrade a una mujer durante años? ¿La justicia no es igual para todos? No podemos insultar ni vejar a nadie en la calle porque haya sido imputado o procesado, ni cuando sale de la cárcel tras cumplir su condena. Eso es el Estado de Derecho, guste o no. Y a mí me gusta, porque, aunque pueda entender la ira contra los autores de delitos extraordinariamente graves o repugnantes, prefiero la seguridad de una justicia garantista que la inseguridad de un régimen opresor y restrictivo con las libertades, sin dejar nunca, por supuesto, desprotegida a la víctima, o, dicho de otro modo, sin renunciar a la búsqueda del equilibrio perfecto en la protección de los derechos de todos los ciudadanos.

Es esa diferencia entre un plató de televisión y una vía pública lo que debería hacer reflexionar a los legisladores. Yo he oído a un hombre insultar gravemente a Isabel. Me parecería de pésimo gusto reproducir el término. He oído a otro hombre proferir expresiones muy parecidas, igualmente ofensivas, también contra ella. Creo que ninguno de los dos ofendería así a una mujer en la calle o en otro lugar, por parecerles sumamente ruin. Creo también que en otro lugar la tolerancia a esas agresiones verbales sería cero. Sin embargo, en la televisión los testigos no salen en defensa de la mujer.

"Nuestra generación tendrá que arrepentirse no tanto de las perversidades de las malas personas, sino del estremecedor silencio de los hombres buenos."

Martin Luther King

Y es que nadie parece pensar en el daño irreparable que la difamación y el escarnio producen en la víctima. Tal vez por interés crematístico casi ninguno cae en la cuenta del daño real que están causando a un ser humano. Tal vez por una inquina que dura años a alguno, que podría vivir de las rentas, le apetece seguir. O tal vez sea que no son capaces de hacer otra cosa, resistiéndose a reconocer la infamia que cometen. No es preciso para cometer la vileza causarla; basta con no oponerse para seguir alimentando la vanidad; basta con mostrar la equidistancia perfecta para no ser rechazado, aunque tampoco aceptado con entusiasmo. O tal vez sea en algún caso necedad que inhabilita para el reconocimiento de errores propios. O se creen que están legitimados por la libertad de expresión, argumentando que quien se sienta lesionado en su honor o en algún derecho que acuda a los tribunales y demande.

Es esto último lo que merece un análisis un poco más profundo, porque es precisamente donde radica el brutal equívoco que lleva a una sociedad a envilecerse, pues al confundirse la libertad de expresión con la de difamación se están tolerando comportamientos porque se producen en un único espacio, el de la televisión, como si fuera un ámbito excluido del imperio de la ley donde cupiera por tanto la impunidad. Porque insisto:

Un hombre insulta y veja a una mujer en privado, y se le llama maltratador. Un hombre insulta y veja a una mujer en televisión; se le paga y se le aplaude.

Es cierto que la impunidad no es completa o eterna porque por muy duradera que sea puede acabarse el día en que un juez dicte sentencia condenatoria por injurias y/o calumnias, pero “la justicia lenta no es justicia”, aparte de las irrisorias indemnizaciones que en muchos casos se recogen en los fallos judiciales, como si de una nueva ofensa a la víctima se tratase. Lo que es percibido por el condenado como un respaldo para seguir en la brecha que tanto dinero le reporta, mucho más que el que hubo de pagar a quien despellejó y puede seguir despellejando en aras de poder repetir idéntico saldo positivo.

Pero aunque fueran las indemnizaciones millonarias y la justicia fuera mucho más rápida, seguiría creyendo que, al igual que no se tolera el más mínimo maltrato en otros ámbitos, tampoco en el ámbito televisivo debiera tolerarse, por mucho que se frivolice, como cuando se frivolizaba en tiempos pasados con el maltrato a la mujer.

Al igual que sería kafkiano que los dueños de un restaurante pagaran a un hombre para que cada día agrediera verbalmente a una mujer con el propósito de conseguir un mayor número de consumidores, que se presenciara la agresión como si tal cosa, que la policía no interviniera y que la justicia penalizara al cabo de los años al agresor con cantidades mucho menores que las conseguidas en ese tiempo de “duro trabajo”, lo es que a eso mismo se le llame “libertad de expresión” por producirse en un plató de televisión.

Pero remato el asunto: incluso no siendo válido este argumento, sí debería valernos el humano: el difamador sólo se arriesga a sufrir en el futuro un daño económico. El daño que sufre la persona difamada es irreparable.

Santiago