lunes, 19 de septiembre de 2011

A las penas, puñalás


Isabel Pantoja reúne a seis mil espectadores que aplaudieron a rabiar cada canción de un concierto de dos horas y media
Isabel Pantoja hechizó en un emotivo concierto a su público incondicional, que le demostró a la tonadillera estar más a su lado que nunca. Casi dos semanas antes del recital se habían agotado las entradas y la organización puso mil más a la venta. Casi seis mil personas llenaban el recinto donde se echaron de menos unas pantallas para no perder detalle.
El público era mayoritariamente femenino, y se adivinaban nervios, fervor casi mariano, ante la inminente aparición de la reina de la de la canción española, que irrumpió en el escenario con puntualidad, vestida de blanca bata de cola. El blanco es el luto de las reinas, decía Jean Genet. Y hubo momentos en los que se tenía la maravillosa sensación de estar viendo una película de Hitchcock. La Pantoja es una estrella absoluta, como la Moreau en La novia vestía de negro, de Truffaut, que mantiene la impronta del autor de Entre los muertos. Isabel, como Hitchcock, cree que se puede jugar con el espectador, pero que no se le debe engañar nunca. Cuando a Hitchcock le preguntaban qué era el cine, solía contestar que una sala llena. La Pantoja representa a la perfección la simbiosis entre arte e industria. Vamos, el sueño de cualquier cahierista: dinero y prestigio. Menudo era Hitchcock, menuda la Pantoja. La ‘viuda de España’, efectivamente, y como reza el título de su último disco, no se parece a nadie. Fue viuda joven de uno de los más celebres toreros de España. Últimamente llegó a los diarios por escándalos diversos. Es responsable de que la copla española reviviera, y su propia vida parece sacada de alguna copla famosa.
La gente se sabía de memoria sus canciones. Sobre todo las que le compuso José Luís Perales: temas románticos, baladas, algunas con ritmo pop (Se me enamora el alma, Hoy quiero confesar, Marinero de luces, Era mi vida él…), que, sin duda, es el género que mejor le va, y la sitúa por encima de la copla. La Pantoja representa el drama y la alegría, el desengaño y la pena. A través de los versos, primero de Perales (lo mejor) y luego de Juan Gabriel, se van desgranando aspectos de su vida, convirtiéndola en un mito, siendo todavía un ser humano. No es la técnica ni la tesitura ni el timbre ni la proyección, sino que hay algo más, y no caigamos en el ángel o el duende... Es más profundo, es ese pozo de agua fresca que tiene en la garganta, y donde se juntan el quiebro y el quejío y el llanto, y esa verdad con que la intérprete lo expresa, es lo que pone el vello de punta y un nudo en la garganta de sus devotos. Ahora a la Pantoja le queda el papel de víctima, que tan bien representó como viuda de España.

Arrancó el recital Con la gente que me gusta, arropada por sus incondicionales, y fue intercalando canciones de siempre acompañada por una orquesta de doce músicos y su grupo de bailarines. El recital desató las pasiones. Sus seguidores querían ver a la artista, respaldarla y aplaudirla a rabiar. Ella se sumergió en su mundo, y dio un repaso musical a los momentos más significativos de su carrera artística, entre los habituales piropos de la hinchada. El repertorio continuó con la canción Isabel Pantoja. «Isabel, yo me llamo, Isabel… Pantoja. Maribel, también soy Maribel, pa que usted… escoja», recitaba la tonadillera. Luego llegarían Embrujá por tu querer o Garlochí, en la que se lanzó por media verónica. Sus músicos, incondicionales, la aplaudían mientras ella palpaba el talante de su gente, que consumía fervientemente cada cadencia y movimiento («Isabel, eres la más grande»). Su público que la ama, la venera y corea sus canciones, estalló cuando interpretó Era mi vida él y Marinero de luces, dedicadas a Paquirri. El personaje de víctima, sufridora y viuda lo borda Isabel Pantoja: personifica como nadie la cultura negra española de vivir con el dolor de una desgracia toda la vida, muy español cañí todo junto. Isabel es la Angela Channing folclórica. Auténtica, telúrica, primitiva y pasional. Nadie como ella pasea y se mueve sobre las tablas.

Esta loba del escenario no deja indiferente. O la adoran, cual virgen coronada, o la odian, cual bruja. Ha marcado un hito a la hora de customizar las batas de cola y animar a ponerse escote ‘palabra de honor’. Para todo lo demás, mastercard.

Con clase, elegancia, señorío. Sobre todo señorío, eso tan importante en un género en que el riesgo de excederse o quedarse en la sosería acechan constantemente a la intérprete. Ella jamás se desmelena, y sin embargo, sabe comunicar a cada tema el desgarro interno preciso para que no se pierda su inevitable dosis de dramatismo.

«Perdona si te hago llorar. Perdona si te hago sufrir…» de Asi fue cayó sobre el público femenino como una arenga feminista, mientras abandonaba las tablas para cambiarse de vestuario y volver más coplera. Desde muy niña aprendió aquellas coplas que hablaban del placer que irrita y el amor que ciega, de venganza, de olvido, de ausencia, de celos, de engaño y desengaño. Para la elegíaca Capote de grana y oro apareció con una deslumbrante bata de cola rosa, que en alguno de sus giros sobrevoló literalmente la primera fila. Y en Silencio cariño mío improvisa (¿a un espectador?) unos versos intimidatorios: «Déjame en paz, paz, paz. No me des guerra, guerra, guerra, que soy capaz de hundir tu cuerpo bajo tierra». Ni Jorge de los Ilegales habría sido tan expeditivo. Luego le restó hierro al asunto con un poco de coquetería «¿Estoy mona, no?». Remataría la faena con A tu vera dando vivas a Murcia y Lorca: «Todo se va a arreglar si Dios quiere», y dejó al público con la orquesta, para incluir una pincelada flamenca. Primero el cuadro flamenco con sus bailaores. Y con unas ganas locas por agradar y así responder a sus gitanos, bailó con un compás exquisito. Luego, a la vista de la luna suspendida en el cielo, improvisó «Luna, tú que lo ves, dile cuánto le amo …», para seguir con Inocente pobre amigo («te pareces tanto a mi que no puedes engañarme») y Se me enamora el alma … «en Murcia», que constituyó la despedida. Así es la vida. A las penas puñalás, reza el dicho. Isabel Pantoja demostró ser una fuerza de la naturaleza. Más emotividad al sonar la Salve rociera que cantó como despedida con la audiencia en pie. Un concierto extenso, dos horas y media, en el que demostró no sólo que efectivamente es uno de los primerísimos nombres de la copla actual, sino además de un buen gusto y un saber estar que la dignifican como artista.

Agueda Pérez
laopinióndemurcia.es