viernes, 17 de junio de 2011

POR MERCEDES MILÁ...


Anoche, por fin, Paquirri tuvo un lugar justo y merecido en la televisión. Su viuda y su hijo nos trajeron a un padre como los demás. Nos trajeron su recuerdo como ellos lo viven en casa, en privado. Esa privacidad que no se les ha permitido tener desde su muerte.

A mí me alegra mucho que gracias a un programa de televisión, una televisión que les ha hecho tanto daño, que ha colaborado a llevarles al borde del abismo, la normalidad retorne y podamos hablar con serenidad, escuchar con respeto y presenciar sin hurgar, la relación de un chico y su madre como la de cualquier otro concursante. Porque no olvidemos que esto ha sido posible porque Isabel Pantoja ha vivido Supervivientes, donde participaba su hijo, como cualquiera de las madres y padres de los demás concursantes; con la misma cercanía, los mismos miedos, las mismas preocupaciones. Isabel habrá entendido a la perfección las palabras de la madre de Carolina cuando la semana pasada traspasaba la pantalla contando la agonía que la transexualidad de su hija había hecho pasar a esa familia. Debió sentirse en la piel del padre que con una expresión de dolor y orgullo nos enseñaba sus heridas con palabras preñadas de verdad y sentimientos y nos convencían a todos.

Digo que todas estas emociones han sido posibles gracias a la televisión porque me sirven para reafirmar lo que repito siempre que me lo preguntan: la televisión es grande, es el mejor invento para abrir ventanas a otras vidas, a otras miradas, a otras historias que cambian la nuestra. La televisión es útil, está cargada de pasión y algunas noches le damos permiso para fluir hasta doblegarnos.

Isabel Pantoja, como dijo su hijo anoche, dejo la mitad de su ser cuando un toro mató a este hombre de ojos bellísimos. Isabel se supo acompañada en su indescriptible dolor por todo un país que no quería creer que lo que nos contaba la televisión era cierto. Yo lo recuerdo muy bien, lloré sin consuelo cuando supe que aquella mujer se quedaba sola con un bebé de siete meses en los brazos. Lloré sin consuelo aunque tuve que justificarme muchas veces y no me importó hacerlo porque la muerte de Paquirri a mí como a otros millones de personas, me rompió el corazón. Por eso cuando anoche la vi tranquila, dominando un terreno que había sido enemigo, concediendo la palabra, el gesto, la voz a un Jorge Javier que se sabía deudor de tanto, me volvió a gustar esta mujer menuda. Me gustó que la dejaran ser ella para que la disfrutáramos los que ya sabíamos que no sería de otro modo y quizá, solo quizá, convenciera a algunos de los que siguen pensando que no es lo que parece.

Isabel y su hijo Kiko supieron medir sin dejar de llevarse por el corazón; supieron mostrar, como lo habían hecho los demás familiares de los concursantes que siguen en Honduras. Nos dejaron compartir los sentimientos, las palabras y las miradas de una madre y un hijo que se quieren mucho.

Anoche el maestro Paquirri, esté ahora donde esté, debió sentirse orgulloso de su familia y seguro que hubiera querido bajar a la tierra, tocar la puerta del camerino de Jorge Javier y pedirle que le dejara sentarse un rato en ese plató brillante que rezumaba pasiones.

Como nos es dado soñar y esa posibilidad la tenemos todos porque nadie nos quitará jamás esa potencia de nuestra mente; eso es lo que os propongo hoy con esta preciosa foto porque, para mí, el padre de Kiko Rivera Pantoja, Francisco Rivera, Paquirri, estuvo anoche en T5 junto a su mujer Maribel y su hijo Kiko; lo estuvo más que nunca.